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Cabeza perdida: Las Hienas – Guerra contra las drogas blandas (2021) – Crítica Musical

Por: VICENTE COLLAO

Vamos a hacer una aclaración de inmediato, antes de comenzar a desmenuzar este álbum corto: No estamos hablando de Hienas, la agrupación santiaguina de stoner metal y representada por Matías Ogaz. De tal banda no podemos decir mucho ahora; ni siquiera tiene mucho que ver en estilo ni en intenciones, pero estoy seguro de que algunos transeúntes de nuestra página habrán creído que hablaríamos de ese trío ligeramente conocido. Pero no.

Nos enfocaremos en un cuarteto aún más fantasmal y sin nombre, nacido por allá el 2015. No enserio, casi que no puedes encontrar mucha información de ellos. Se hacen llamar Las Hienas, lanzaron junto a Ríos se fue a Japón un cortito Split a través de Moldavia Records, una cosa rara que se disfraza de colores turbios, tanto folclóricos como ensordecedores. A su ala podemos encontrar grabaciones de Chico Migraña o el Chino Santana, entre las que descansa el último trabajo del cuarteto que visitamos hoy. “Guerra contra las Drogas Blandas” son, de forma muy resumida, 24 minutos de discordia pura. Una batahola extrañamente asimilable.

Dentro de un antro geek en forma de blog, mientras se conversa sobre mecánicas de moral en un popular juego de mesa, aparece la imagen que vemos en este preciso disco. Un humano sujeta a un duende prisionero para propinarle una puñalada. O quizá contenerle. Esta imagen inconexa recrea un imaginario que ya había dibujado en mi cabeza, mientras escuchaba a Fredi, Piza, Fuzo y Yiyo agarrarse a coscachos con sus instrumentos. Hay una ligera esencia fantasiosa entre todo el embrollo que construyen a guitarra y tambor, o más bien una reverberación colorida de mantos frondosos y castillos siendo derrumbados por enormes dragones y seres de otro mundo. Una especie dentro del género “dejar la mansaca”. Los dibujos de calabozos y dragones llaman estos símbolos.

Aunque sería más factible mencionar que, a pesar del ataque incesante de punk arte y rock convulsionado, lo que reflejan musicalmente en el espejo es un cuadro pintado al óleo de una cazuela con zapallo y ensalada a la chilena. Hay un purgante autóctono deambulando en su sonido sucio y desagradable; una dimensión andina, le podrían llamar algunos. La mezcla y ecualización es absolutamente atorrante, donde punzadas de guitarra, como puntas de flecha, retumban contra una batería desalmada y un teclado Casio que produce un sabor a queso frito. No es que esto sea algo precisamente algo, ojo. Como si Jim Morrison y compañía hubieran jalado vidrio molido antes de grabar Light My Fire.

No pasan ni 5 segundos y muchos habrán deseado no tener el volumen tan fuerte. Partiendo con el nombre de Teitelboim, una guitarra juguetona se dispone a dar su espectáculo mientras una muralla de sonido percusivo nos descalabra el mentón de un puñetazo. “Mijo” tiene características que casi podríamos entregar a un rock and roll, con la voz estruendosa del Fredi como motor de su propia trama. “Ta! Ta! Ta! Ta! Ta!”, al ritmo efervescente y repetitivo de un carnaval bajo tierra. Es más, todo el álbum suena como una marcha alegre entre llamas del infierno, que invita a moverte para descolgar los músculos y tratar de no quemarte. Con la espeluznante “No encontraron su cabeza”, se tornan aún más agresivos y estrepitosos, un enjuague de azufre necesario al travieso pero mímico dueto anterior.

“Bicho melancólico” tiene una estructura desquiciada, con una aguda y larga introducción a la que se incorpora un saxofón para entregar una rasposa textura más al menjunje. El ingresar a la parte realmente estructurada de la canción es un engaño; el caos con tecleadas olor a viejo regresa con fuerza. Ese aspecto “sasscore” es una capa un tanto tenue en la propuesta de Las Hienas. A pesar de contener berridos chirriantes a todo momento, la progresión es bastante familiar y sigue cánones conocidos cuando se enfrasca en versos y coros. Por ejemplo, “No encontraron su cabeza” tiene un colorante cian tipo surf rock, embalsamado en riffs modernizados. La cabeza no se les perdió tanto.

Con una distorsión y harmonización tifoidea, que nos recuerda aún más al sonido de actos como Flipper o Breadwinner, se abre paso “Y pensar que la muerte” y deja alfombra lista para “Corky”, una extensión a la energética tonada anterior, pero conservando el camino ortodoxo ya pavimentado. En cierta forma, el álbum ha ido tomando cada vez más intensidad y descuido, creando un cataclismo catártico que podría encantar a quienes gozan de bocanadas de humo ardiente, pero dejará fuera a quienes habrán notado una fórmula seguida al pie de la letra de inicio, verso, coro y explosión. Pero esto es algo que quizá tenían consideración, si recordamos que este peñasco a toda velocidad sólo dura unos escasos 24 minutos. Las desquiciadas y ligeramente contestatarias letras agregan una capa más de este estallido nihilista.

Aquellas personas que necesitan otra muestra de deformaciones acústicas, adornadas con instrumentos que recuerdan un poco a Manual de Combate, necesitan saber de la existencia de Las Hienas. Si bien es un soplido frenético, sigue siendo un pequeño tentempié del que no se puede obtener mucho más que su propio espectro sonoro. No es que sea algo negativo, pero me da curiosidad el cómo podrían utilizar sus chillidos, a menudo cacofónicos, para confeccionar un proyecto de mayor duración y con otros universos musicales. Esta guerra fugaz y desconcertante dará frutos amargos a quienes buscan algo más diverso, pero para amantes del ruido más estridente que se pueda hacer entre cuatro sujetos, no podría ser mejor.

7/10

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