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Siempre pudo ser, siempre será: Phuyu y la Fantasma – Anticuecas Subterráneas (2021) – Crítica Musical

Por: VICENTE COLLAO

Violeta Parra es importante. Cualquier persona te dirá eso, incluso si ese mismo sujeto no ha hecho más que parar la oreja cuando ponen algún mixtape de cueca, aleatoriamente, en una fonda con nombre gracioso. Sin embargo, razones con sustancia son pocas, más allá de ser “la mejor cantautora de nuestro país”. Muy difícil que se haga una respuesta realmente pasional y convincente. Por lo mismo, nunca tuve el mismo cariño por su propuesta, por más descarnada y auténtica que sea.

Eso no ocurre con sus anticuecas, que podríamos llamar como la primera (o al menos más interesante) descolocación corpórea y cultural de la cueca tradicional. Pero incluso en ese vanaglorioso vaivén de articulaciones, que golpean como estrellas fugaces contra el oscuro cielo chileno, logran dislocar su valor intrínsicamente folclórico. Autóctono, pero diferente a mí. En especial y considerando que soy nortino. Una tonalidad que subsiste en demasía, rudimentaria y popularmente estoica, que no se acopla a los sabores heterogéneos y controlados de la música vendible del mañana hecho hoy. Y eso que ha habido intentos.

Cuento corto: no me gusta la cueca. Y con toda franqueza, aparte de los efervescentes exponentes de la semilla germinada del rock andino, muy pocas veces estas interpretaciones eclécticas de elementos modernos y centralistas se me hacen apetecibles. Puede que Phuyu y la Fantasma sea una notable y aplaudible excepción. El 2020 se lució en los círculos internos con un remasterizado de El Patio de los Calla’os, una colección de doce tonadas purulentas y ensordecedoras que reubicaban elementos de la música chilena más tradicional dentro de parámetros electrónicos y vociferantes.

La dicotomía extraña que se producía con este trabajo es la utilización de tales núcleos sencillos y generales dentro de una dimensión que no cuajaba del todo, además de un ecualizado amurallado, como si copiara los latidos del corazón de una máquina deprimida. Era más una reformulación transitoria, un trabajo referencial, más que una completa deconstrucción del sonido; eso no quita su inherente creatividad que danza como luces neón de una discoteca sombría. Tal menudencia se convertiría en embutido tras un buen trabajo de curado. “Anticuecas subterráneas” existe desde el 27 de mayo de este maldito año, y seré breve en pretensiones: hemos obtenido uno de los álbumes más importantes de la década apenas arrancó.

Precisamente, Phuyu toma sin sutilezas las formas de arpegios con las que Parra hizo trasfusión y hacerlas marchar bajo las ondas de una banda de rock desalmada, irritada y sumamente incómoda. Esto, mientras la voz de Rodrigo, ensimismada en valores ya conocidos del rock latino chilensis, lagrimea con un balance de dulzura y agitación. Lo que podría verse como una figura un tanto genérica dentro de la realidad musical nacional, en realidad funciona con creces y hace un contrapeso melódico y reconocible contra las figuras ligeramente foráneas de la anticueca. El cruce de lo meramente musical contempla apartados de la intimidad clásica del math rock, cruzada como perros en celo con un ápice de noise rock en la medida de lo posible. Todo recubierto de la cobriza oxidación de baja fidelidad.

Es una de esas situaciones donde la descripción, “anticuecas subterráneas”, habla por sí sola. Tal transmutación espacial y cultural se interrelaciona con los propios pensamientos de Rodrigo. Meta/Morfosis escupe intensa, con colores pintados de furia a lo Breadwinner, un riff que cae como meteorito a la fina cueca dulcinea. Desde esta compresión pelágica se asoman líricas disfóricas, reflexivas en torno al cambio y el cómo te consumes en el proceso, perdiendo “tus esquirlas”.

El concepto de “estar en el medio” siempre aparecerá durante estos arraigos. Depreda/Sueños precisamente suena como un epitafio antes de la parálisis del sueño, o quizá esa transformación (o autodescubrimiento, dependiendo del observador) causa el olvido de uno mismo. Siguiéndole el paso, guitarras que recuerdan un poco más al math rock, enfrascado en el formulario ya ensamblado. Sacr/Art-ificio rompe la aparente monotonía con una canción de cuna, sacada de un mundo talásico, mientras en sus melodías se derrama sangre artística por la necesidad de traer algo nuevo, de sacrificarse. Sencillo pero efectivo.

Nunca Pudo Ser/Nunca Será fue el momento en que supe estaba ante algo especial. Y estaba perfectamente ubicada, tras excelentes e inspiradoras canciones antes de éste. Con un ritmo menos crujiente, agarrándose de un verdoso tronco andino, se asoma uno de los punteos de guitarra y progresiones más edulcoradas del proyecto. Su letra sufrida y atrapante, como la tensión de una telaraña, se viste de gala y brillantina color azul bajo un trabajo de mezclado sublime para el estilo. Inmediatamente después, Erizos/Acorazados da el último golpe emocional de la tanda. Altas cuerdas aparecen remarcando con una calor contradictoria el helado porvenir de esta pieza tan nativa, narrando una relación impersonal. Simplemente acongojante, de los mejores minutos musicales del año.

Coloñal es una pieza interesante de analizar en lo lírico, aunque su introducción es desconcertante tras esa brisa carmesí. Hace luces púrpuras y relajadas, para lentamente generar intensidad y aplastarnos cada vez que la guitarra chirriante entra. Mientras, se pinta un cuadro irónico de razas e identidades nacionales, con un choque de realidades entre el gringo bueno y el ignorante de a pie; porque todos somos iguales al ojo americano. Can/Último Hálito, concorde a su título, se siente extrañamente estática y es el peor tema del álbum en lo musical, pero no desesperen. Era imposible llegar al mismo alto, y su racha es envidiable.

Mis palabras otra vez robadas con Giro/Argumental, que es… sublime. Seductora, escénica, histriónica y melancólica a la vez. Crea lágrimas con un cabeceo que rompe sus propios cánones con secciones más quebradas y un breakdown delicioso. Las aguas de este océano profundo se recogen otra vez; Phuyu la hace de nuevo. Deja de hacerme llorar con tus lamentos expresionistas y tu búsqueda infinita de crear una performance que, de una vez, deje de ser performance. Creo que te comprendo.

El álbum acaba con Entre, Ni/Medio, con cada instrumento rebuznando con todo pulmón hasta que nos para la última sección abotonada de esta piscina manchada con turquesa. Termina con esta confiscación del pasado en sus notas fantasmales y saltonas, creando una sensación cíclica en el pensamiento tras un espacio de calma consumada. Con solamente 34 minutos, este vacío tan lamentable no te invita a nada más que repetirlo, y repetirlo. Tratar de encontrar más y enamorarte con sus escasos contorneos, haciendo que la serpiente moteada siga danzando para nosotros, al ritmo de las cuecas del año.

El respeto que tengo por este armatoste, venido de una crisálida que no estoy seguro ha brotado por completo, es tan finito como la extensión de esa extremidad carbonizada. Puede que sea un amor condicionado por el contexto; no soy el más cálido hacia la cueca, y creo que nunca lo seré. Este álbum rompió esa constante, porque creo que trasciende incluso sus pretensiones iniciales y, por qué no, va mano a mano con el legado transgresor de Violeta Parra. Phuyu tiene un fantasma persistente, y espero que su alma esté con calma alguna vez.

9/10.

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