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Una naturaleza artificial: Marea Idria – Agua y Veneno (2020) – Crítica Musical

Por: JESÚS PERDOMO

Penuria, cambio y desafío. La necesidad de variar las cosas que conocemos es casi obligatoria en todo ámbito, especialmente en lo que consumimos.

Marea Idria es una artista proveniente de Valparaíso, pero radicada actualmente en Berlín, Alemania. Según ella misma, en una entrevista realizada para La Juguera Magazine, el tipo de música en el que se desenvuelve varía entre mezclas de electrónica experimental que se asemejan a melodías del synth pop o al dream, aunque, claramente, con la capacidad de salirse de dichos márgenes, llegando hasta a tonadas de la música actual más actual, como el pop alternativo o el trap.

En su recorrido lleva dos álbumes, un EP y varios sencillos publicados de manera oficial en plataformas. En su primer disco, Interna (2018), compuesto por ocho canciones, utilizó la experimentación entre teclados, circuit bending, samples, ritmos de electrónica y voces con efectos. Este también cuenta con una re-edición en 2019. Desde entonces, la artista siempre ha destacado por su proceso de creación, autoproduciendo su música, experimentando con aparatos analógicos y hasta dejándose llevar por la corriente del pensamiento, técnica heredada de la literatura, para la creación de su lírica. Así es como crea un tipo de música relajante y enigmática, apostando por una nueva variante de la música electrónica en el área más independiente de artistas de Chile. Sin embargo, según ella misma, en una constante búsqueda de su propio sonido.

Agua y Veneno (2020), es su último trabajo realizado, en conjunto con Sello Medio Oriente. Parafraseando lo que comentó al medio Niña Provincia, Agua y Veneno es una respuesta a esa búsqueda, donde ella misma, por ejemplo, ideó lo que terminó siendo su arte gráfico. “La idea es imaginar un viaje, un recorrido que empieza en la oscuridad (…)”, así define ella misma a través de su cuenta de Instagram esta publicación, algo que podría interpretarse como una sanación espiritual, que intenta exponer conceptos como la naturaleza, la calma y la introspección, pero sin dejar de lado un fuerte componente dañino, que está en el ambiente, uno corroído. El veneno del que hace referencia el título. Finalmente, concluye con la superación de dichos males. Todo en tan solo veintiocho minutos.

El disco inicia con Diálogo Con el Agua del Río en la Montaña, una perfecta introducción que, de cierta manera, resume lo que se escuchará más adelante. Una canción corta, apenas de un minuto de duración, que abre con una invitación, “¿Quieres ver mi alma?”, una declaración de intenciones clarísima: un paseo muy personal por entornos de una naturaleza artificial creada por ella misma. Es así como aparecen los títulos En Fría Piedra Bailé, Las Aguas o La Fuerza, desprendimientos de lo que se puede interpretar como naturaleza, aunque esta sea una llena de sintetizadores.

El ritmo que envuelve todo el álbum es, por supuesto, contemplativo. Sus voces proyectadas son el centro de todas las canciones, acompañadas con tonadas poco juguetonas, que buscan más enfatizar una sensación en el momento más que experimentar con variaciones de sonidos. Por otra parte, la lírica, si bien desde otro enfoque podría pecar de simpleza, desde el punto de vista en que Idria enfoca esta realización es adecuada. En general, es una externalización por etapas de problemas, sensaciones y juicios muy personales. Y a pesar de que puede parecer reiterativa al principio, tiene cambios sutiles que empiezan a darle un sentido al recorrido.

La canción clave, la que marca un antes y un después en este recorrido botánico, es Abrazar el Poder. Ubicada justo en la mitad, quinta posición si se escucha en orden, es la primera que intenta romper con esa temática melancólica de las cuatro canciones iniciales y empieza a hablar de la recuperación. Si Tiem_ habla de “subir a una mágica pena”, Abrazar el Poder comunica, expresamente, “no quiero que sea lo mismo, ni que se repita”. Deja de contemplar las sensaciones negativas y empieza a anhelar una mejora, justamente, ansiar el poder para salir de ese letargo.

De ahí en adelante, la lírica se vuelve más confrontativa, más desafiante, hasta llegar a una culminación. Nadie ve, es confrontativa consigo misma, es una lírica que no anhela, sino que exige el cambio; Las Aguas, es un reconfortar personal, como un líquido que se lleva el veneno del principio; y La Fuerza es el objetivo por alcanzar: “Quiero aprender a protegernos bien, y dar la fuerza donde sienta que es”. La Misma Verdad es una extensión de esa misma sensación y el cierre de todo este viaje, la realización de todo un proceso.

Quizás se pueda extrañar esa experimentación y hasta improvisación que creaba enigmas muy atractivos en Interna, sin embargo, Agua y Poder cumple con todo lo que se propone. No se abre a la experimentación dentro de sus propios confines, siendo bastante lineal, pero, si se sabe apreciar, puede lograr transmitir un trayecto muy sutil entre distintas etapas de la superación de problemas personales que pueden ocasionar graves daños. Quizás muy específico, pero también muy adecuado. Ese es su mayor y más grande logro.

Mi calificación para este disco es de un 7 de 10.

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