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Donde la enfermedad prospera: Coffin Curse – Ceased to Be (2020) – Crítica Musical

Por: VICENTE COLLAO

Metal chileno. Lo que suena a otra desambiguación latina con tendencias rastreras, en realidad esconde una gran variedad de bandas y estilos cubiertos a lo largo del país. En cierta forma, debiéramos estar orgullosos de la escena metalera que tenemos. Y no, no me refiero a, nuevamente, llamar a Slayer “chileno”, porque le cayó un chileno de la manera más casuística imaginable.

A muchos probablemente ni les haga ruido en el fondo cuando nombro una banda como Inanna. Puede que sea uno de los proyectos más impresionantes de death metal melódico existentes, señalando el álbum “Transfigured in a Thousand Delusions” para muestra. Max Neira, vocalista y bajista, ha participado en la banda Trimegisto por varios años mientras concretaba un nuevo bahamut en la escena, que es Coffin Curse. Habiendo regurgitado ya una tripleta de EPs y un split con Violent Scum, finalmente han lanzado firmes su primer álbum de estudio, Ceased to Be, a través del prolífico sello Memento Mori.

La bonanza putrefacta no cesa, pues. Para quienes sean acérrimos fans del subgénero, les será inmediatamente reconocible la inevitable comparación con el death metal de la vieja escuela. Es obvio que Coffin Curse trata de mantener la velocidad machacadora de actos legendarios como Massacre, combinando ese aspecto catártico del deathrash con la gigantez pastosa de Immolation, aunque existen varias pequeñas películas de antaño pintarrajeadas a lo largo de sus tres cuartos de hora.

Ceased to Be nos invita a su torrente ansioso de (no sé si) mejor forma con Gathered Unto Death, que supe reconocer sería la mejor pieza del álbum. Con una apertura que roza lo tribal, abre paso al ataque rítmico del gruñido bajo de Neira, sin desaprovechar el raudo y, a veces melodioso, riff que chuta los oídos. Lo interesante es que no tiene realmente una sección central, lo típico del deathrash, sino que viaja entre distintivos momentos de agresión, incluso regalándonos una escalera demencial de guitarras y bajo. Ciertamente hace esta canción especial y el clásico de su casta.

Where Sickness Thrives y Chopped Clean Off huelen con fuerza a Massacre, con una intensidad continua. Queda señalar esas pequeñas rupturas del monstruo que vocaliza a un raspado más agudo que entrega bastante personalidad al sonido en conjunto, además del trepidante final de la primera nombrada. Para la segunda mitad, Grave Offender mantiene la exaltación violenta al paso de un cometa, pero recordándonos más a Deicide en su etapa más encariñada e inspirada. Deep in Streams of Purifying Dirt es un magnus opus de nueve minutos donde la banda se desacomoda un poco de la velocidad constante (pero no por siempre), enfocándose en el aspecto envolvente de su ímpetu, dando un cierre más que contundente.

Pero eso no es suficiente, porque ya a ese punto las hilachas se le empiezan a notar. Para disfrutar completamente Ceased to Be, tienes que estar hambriento de severidad al estilo de los grandes clásicos entre un cruce de la escena neoyorquina y de Florida. Pero muy que muy gustoso de engullir sin chistar. Su servidor pensó que bastaría, pero tiene un problema que comienza a marcarse desde hace tiempo, que en realidad siempre ha existido, haciéndose más aparente conforme nuevos trabajos aparecen a la luz y bajo el brazo del death metal: se vuelve tedioso.

Tedioso… se traduce en ¿malo? Claro que no. Sí es cierto que la mitad del álbum me ha sabido a más de lo mismo. No, no del género, eso no. ¡Sería ridículo quejarse de ello considerando las pretensiones de la banda (en teoría)! Más bien, dentro de sus mismos cuarenta minutos. Descent into Abhorrence no es un mal tema, es más me entrega esa energía explosiva para pasar a un convincente groove, pero Chopped Clean Off ya hizo exactamente lo mismo hace sólo una canción atrás. Feeding on Perpetual Disgrace también se alimenta de los componentes casi armoniosos y letales de Gathered Unto Death, pero los hace de una manera mucho menos interesante.

Ese es el problema generado cuando entregas de inmediato el tema más intricado, para luego no volver a jugar con la misma idea. Las demás canciones no siguen ese concepto “desalmado” de la composición inicial, lentamente despojándose de tal característica que se hizo notar como esencial en los primeros segundos. El resultado es un álbum que da demasiadas vueltas en las mismas ideas, cuando tenía en la palma de la mano una manera perspicaz de separarse de otras bandas.

Eso ha afectado completamente el cómo tomo este álbum. La ofensa más grande tiene que ser Extinct. Habiendo escuchado el EP “Inward Dissilution” de antemano, Coffin Curse no ha dominado los yermos del doom death metal en absoluto. Se hace cansino, ponzoñoso, y sólo tuve que escuchar cinco minutos de ello. La mayor razón de esto es la producción. No es mala, tiene esa rugosidad vieja escuela con un poco de barniz de lo nuevo, donde suena pantanosa pero lo suficientemente prístina, y un bajo deliciosamente audible. En Extinct no funciona para nada ese modelo sonoro: suena vacía, sin potencia, sin carisma.

La lírica, como sabrán, pocas veces necesita (o conviene) ser estudiada en el mundo del metal extremo. Sin embargo, hay que reconocer que algunas escrituras que han levantado aquí tienen potencial. Han optado por seguir construcción de mundos atorrantes y devorados por putridez, reminiscentes del body horror y el terror cósmico en su nivel más terrenal. No pudieron abandonar la ridícula y chorreante necrofilia, por supuesto. Los nombres dejan en bandeja qué canciones tratan qué cosa. Me quedo con la frase final traducida, un cierre magnánimo: “Un ruido ensordecedor ahogó tu espíritu, hasta que hubo silencio absoluto, el espacio vacío mientras la luz se desvanece… la nada, imparable e infinita”. Tiene su brillo, ¿no?

Así que Coffin Curse. Considerando lo esperado que ha sido este álbum para muchos fanáticos, es triste que en verdad no me haya convencido como esperaba. Para quienes busquen la atmósfera de antaño hecha propia hasta cierto punto, me encantaría recomendarles Ceased to Be, porque se puede hacer metal noventero en 2020 y se aprecia que exista un interés por el olvidado deathrash. También se puede ir más allá sin abandonar los principios del pasado, o perfeccionando lo que ya existe. Coffin Curse tiene el potencial de convertirse en la cabecilla del death metal moderno en nuestra estirpe. Aunque me temo que, al paso que han dado, por ahora sólo se queda como otra banda que alimenta sin mucha gloria el catálogo exageradamente extenso de la resurrección extrema.

6/10

6

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