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El nuevo ingrediente: Julius Popper – El desmadre (2020) – Crítica Musical

Por: VICENTE COLLAO

Concepción ha sido la estrella del rock chileno por décadas, y no es un título realmente exagerado en números. Me atrevería a decir que la escena musical completa es variopinta en las zonas sureñas del país, pero los penquistas han tenido la suerte de generar algunos de los grupos más reconocibles de nuestro espectro musical. Una de las bandas más autóctonas y tenues, descansando en esos escalones de la fama, es Julius Popper.

Alejandro Venegas y compañía optó por la vía de resurrección: atender a los fantasmas dominantes del pasado artístico y darles un lavado de cara moderno. En Julius es normal encontrarnos con influencias del blues rock, dance, surf y esa paleta reconocible del nuevo pop rock en la patria. En un comienzo, esas ansias de regurgitar lo mismo con nueva pinta estaban escritas en piedra dentro de “Julius Popper?” (Independiente, 2008), un esfuerzo pastoso, cansino y poco ordenado por recuperar la esencia rocanrolera en las mencionadas facetas. Con “No eres tú, soy yo” (Independiente, 2015) exhiben una evolución no muy ostentosa, abandonando un poco el pezón de los viejos tiempos hecho nuevos. Eso sí, no por completo.

Con esta postura trasnochada y machacona, no es difícil imaginar que Julius Popper iba a ganar un público devoto en tierra chilena, teniendo tantas influencias más que reconocibles por la impresionable masa rockerilla. No extraña que su nuevo trabajo, “El Desmadre”, fuera a reutilizar lo ya boxeado hasta el cansancio. Sin embargo, hay un pequeño nuevo elemento con el que han querido exportar su caja de herramientas. El álbum ha sido notoriamente influenciado por aire mexicano, que no se limitó a simplemente ser la sede país de su producción. No, los Julius Popper aplicaron el sello Mon Laferte (obviamente una hipérbole simplona, no se alarmen).

Venegas y su pelotón se puso manos a la obra y comenzó a tirar un buen puñado de subgéneros a la batidora, a ver si salía una buena colación de 40 minutos. Podemos encontrar no solamente los ya contados elementos característicos de la agrupación, sino claras propiedades intrínsecas de la música charra mariachi, además de una que otra sorpresa momentánea, y en momentos pareciera ser una unión cohesiva.

Oasis es abierta con una batería casi sintética que recuerda a los bailables ochenteros. Tango Rojo no deja mucho a la interpretación, con una entrada digna de mejores éxitos de tango argentino (esos discos compactos pirata), conteniendo un cruce agradable de fraseo tipo Los Bunkers en medio. A Ratos ataca con un rockabilly energético que, de la nada, esgrime una dualidad curiosa en las guitarras rasgadas con potencia contra un bronce reservado y calmoso, un choque de respuestas que presenta lo mejor que tiene la banda para ofrecer. Pao Pei tiene algunos de los arreglos más especiales y embellecidos. Pero estos son solo sabores momentáneos.

Es lo mexicanizado del disco el verdadero plato de fondo, que se puede percibir en cómo la trompeta está compuesta y el protagonismo que le han entregado, aunque hay temas específicos donde queda en manifiesto. Calla es casi una balada ranchera, un cambio repentino ante los parajes anteriores más ortodoxos para los Popper. Despiértame sigue esa línea frágil y romantizada, pero más afectiva y mecedora, sintiéndose como un momento muy íntimo entre los autores y sus instrumentos.

Sería muy inocente de mi parte alabar estos nuevos agregados como el aspecto que abrirá las persianas de Julius Popper a la gloria, pero cocinar con un nuevo ingrediente no significa tener una mejor receta. Claro, la música de Julius Popper ahora tiene una marcada influencia, pero el truco sólo sorprenderá un par de veces. Cuando la topada inicial deja de golpear, ¿con qué quedamos?

Pues la facha de Jalisco resulta ser huera y somera en muchas ocasiones. Sí, Calla es una canción cebollera, pero la labor mexicana quedaba perfecta porque estaba escrita y compuesta con eso en mente. Otras canciones me suenan a poco, anexas como un documento adjunto y opcional. En 7:15, los soplidos de vientos no aportan en nada más que dar la impresión de acercarse a un clímax que nunca llega, cerrándose en una caótica discusión entre distintos instrumentos que rompe con lo anticuado y controlado de los teclados. El Loco, que es sin duda alguna la peor tonada de entre las diez, embiste contra la melancolía de Despiértame de manera abominable, con la peor entrega de versos de Venegas y acompañada de la fanfarria irritante de una tortuosa y larga trompetada. Es terriblemente disonante.

A veces, estos componentes anunciados a viva voz ni siquiera aparecen. Cristiano es un sismo surf que se nota hecho a la rápida, regresando de la nada al mismo estilo sobreexplotado de tocar que ha limitado a Chile en su puesta de escena rock. Para rematar, es un cierre muy débil y falto de energía, habiendo desperdiciado el ímpetu que A Ratos había cargado. Si consideramos el género que emula, es aún más decepcionante. La apertura de “El Desmadre” tampoco da muchas esperanzas: Canción para un fantasma del pasado es probablemente la canción menos interesante del álbum, con un vaivén de bronces ya más que roído y una lírica oculta pero no muy inspirada.

Las letras son típico parafraseo del amor y derivados de Julius Popper, con anhelo de ojalá revivir la simpleza del pasado, enamoradizas y cándidas. No son las metáforas más sorprendentes del mundo ni rozan la ridiculez moral para llegar a la misoginia u otras frases extremistas con las que se les podría atacar. De vez en cuando pueden cantar una sandez que otra. “Me estoy volviendo loco, loco loquito loco”, seguramente la frase del año. No es algo condenable a ciegas, pero su disección está necesariamente teñida por cuanto se guste o no de lo soñador y tierno. La producción es prístina y nada aventurada, blandiendo alguna que otra textura que llame la atención de los melómanos.

Por ende, los Julius cumplieron con lo que pudiera esperarse de sus filas, incluyendo si se hace seguimiento de sus movimientos musicales. Probablemente se diga que esta mirada soberbia a su agrupación tenga falta de tacto con los orígenes de la banda, del nulo calor en mí que sí sienten aquellos penquistas que han vivido de los De Saloon, de Los Bunkers, de Los Tres. Absurda posición que muchos han estado proliferando en artículos y columnas: Julius Popper no es una banda única en su performance. Su mezcla es interesante en papel y atrae a los apologistas del rock, pero el modo de operación no es nada inconcebible dentro del mundo latino. Hacen bien en llevar el estandarte de conservadores de una especie de neo rock, en un paisaje mainstream muy distinto al de antaño. Sin embargo, y considerando la espera de años, hubiera preferido que reforzaran sus ya gastadas ideas y crearan un álbum conciso en vez de agarrar cualquier influencia para transformarla en un inocente caballo de Troya. Los fans amarán esta entrega.

5/10.

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