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Pronto lo entenderán: Oso El Roto – Pop de Cuchillo (2019) – Crítica Musical

Por: VICENTE COLLAO

Cuando se habla de Oso el Roto… bueno, la mayoría no tienen ni idea de qué se trata. La verdad, yo tampoco la tenía hace unas semanas. Se me concedió la oportunidad de zambullirme en algo que no manejo, y que creo aún no puedo pilotar como se debe. No, aún no sé exactamente en qué consiste, pero en las historias de misterio siempre hay un esfuerzo de por medio, aún si los integrantes de esa furgoneta terminan sin cabeza. O sin tímpanos, lo que venga primero.

Daevid Loyza sólo tiene descripción apática. Corro el riesgo de anteponer la lengua suelta y descerebrada, en vez de dejar danzar la prosa carnosa y superflua como es común, pero a Daevid sólo se le puede perfilar como un hueón raro. La carrera del Oso es prolífica en estilos y ambientes, obteniendo su medalla de cartón y nombre con su bizarra trilogía Super Poulex Forever, Mojon po’l agua y Cuando se muere la carne. Aglutinado por un camino Captain Beefheart, elementos de la música freak folk, ruido incesante y un retorcido sentido del ridículo, el quejido del querubín se congenia en una frase: noise rock sufrido, travieso y grabado de la más desinteresada forma posible (el término lo-fi aplica no muy convincentemente).

Luego de tres trabajos siguientes que exploran otras ideas sin escapar de su mal trazado círculo de características (entre ellos un álbum de covers de Violeta Parra, si la cantautora hubiera sufrido un aneurisma cerebral en plena sesión), Oso consolidó una mejor producción e hizo notar aún más elementos de música andina y otros agregados… “accesibles”. Así, con su trabajo Mas amor Mazamorra, que introdujo el elemento web y el juego lúdico de las redes sociales a su favor, nuevamente nos regala lo que podríamos designar su media naranja, Pop de cuchillo.

Daevid es experto en conseguir impactar a su oyente, de alguna u otra manera, pero esa artesanía demencial significa perder gran parte de futuros comensales. Pop de cuchillo tiene una especie de respuesta a la problemática del artista experimental, que he sentido da mayor poder a las enajenadas secciones del álbum: jugar con sonidos del mainstream y ensortijarlos a su pinta. Bajo la influencia de su amor, Dadalú, ha ingresado aún más cuerpo de géneros como el rap y el industrial para cargar su paleta de colores a ritmos más fáciles de digerir, pero entre capas de irreverencia resonante. El tema homónimo contiene líricas disparadas a ritmo rapero, o lo que podríamos llamar rap del Oso. La instrumental es distópica y ansiosa, pero lentamente se ablanda y nos deja apegarnos a su beat pegajoso. Al mismo tiempo, Cerca de ti podría haber sido una canción a la cual sollozar, con una melodía que casi pudo haber entrado en las partes más melosas de Revenge de XXXTentacion. Digo casi, porque obvio: estamos hablando de Oso el Roto aquí.

Y aunque Pop de cuchillo apunte a ser algo más consumible, el cuchillo tiene más filo que su propia contradicción en el nombre del álbum. Mitad desnudo tiene una apertura desoladora para los oídos, con una especie de coro de kazoos que se vuelve insufrible hasta que se torna en lo que ensambla un compás. Las guitarras atontadas y chirriantes se hacen presentes en A lo mejor no o Política de cuchillo, cortando a través de la presencia de los extraños combates entre batería y efectos de sonido hojalata. Sin embargo, la detestable intensidad de los aspectos noise rock se ha visto mermado en este trabajo, aunque esa arista de Oso el Roto ya se ha nublado desde hace un buen tiempo, apostando por crear una atmósfera más que destruir la normalidad y un uso impresionante de crujidos y estampidas para pintar las paredes vibrantes de su música.
Porque la actitud radical y agresiva del Oso ha pasado directo a sus letras, aunque solamente un poco más obvias comparándose con sus demás proyectos.

En el disparatado y abrumador universo Loyza, existe una autoflagelación constante, equidistante a una crítica global. Por un lado, existe un odio continuo al yo. Uno más uno se avergüenza de la búsqueda de la inteligencia para parecer más de que se es y critica a los pretenciosos, al metraje de una Sweet Child O’ Mine rota; Mitad desnudo explora el querer ser aprobado en redes sociales para sentirse respetado y la personalidad influencer. Paralelamente, el mismo tema Pop de cuchillo chorrea resentimiento contra los artistas vendidos al capitalismo; Vinos tintos cuenta el mal pasar de los adictos al alcohol en la cueca más deprimente que he escuchado. A través del ruido existe una narrativa también: el disco comienza con Poema para comer, con un contenido confuso e incierto, para cerrar con El auto de la vieja, que está plagada de ruidos que la boca hace al masticar o roer. Nuevamente, en Pop de cuchillo, hay una voz robótica que exclama “Que eres pesado”. ¿Una risotada contra los que no quieran aceptar lo manufacturados que son por la industria, quizá? Hay composiciones íntimas y otras belicosas, pero no puedo aventurarme en todas ellas en esta reseña. El formato no me lo permite, a menos que haga una tesis.

Pero, ante la suma de nuevos fundamentos para el embrollado estilo del Oso, alumbran con fuerza los problemas que la música de cuchillo acarrea. Ante la duda, no: Daevid no sabe rapear ni hacer rap, y es evidente. No es que realmente tenga que conocer de profesionalismo en la materia (ese no es el punto de su arte), pero su lexía se apaga y tiembla al vociferar rápido y eficaz. Hay veces en que no se le entiende nada, y estudiado su amalgama de trilogías, no siempre es un efecto que esperaba. Hay un caso imperdonable en Poema para comer en el que se traba y, luego de milisegundos, continua. ¡Es demasiado obvio! Es un error negativo en absoluto: da la corazonada que de verdad no hubo tantas ganas en el estudio (y sé que no es así).

Tocando otra arista, sin contar el mencionado Mi torta, es definitivo que no puedo comprender el uso del autotune en varias de las canciones. Es más, llega a arruinar ciertos parajes, como Objetos, que abre campal con un jugoso vaivén de plunderphonics. Su voz se quiebra y rebuzna con la clase menos atrayente y sus alaridos marsupiales llegan a ser graciosos, rompiendo con el esquema perturbador e incómodo. Insisto en que estos no serían cuestiones a juzgar de un artista como este, pero al mezclar y barajar tonalidades más a gusto de la audiencia normal, hace estos inconvenientes técnicos más aparentes.

El Oso sigue siendo el mismo, a pesar de todo. En general las contrariedades de este desconcierto van a su favor, como siempre ha ocurrido con él. La verdad es que no podría hacer justicia a esos 37 minutos de pura euforia y dramatismo absurdo, a menos que arme un pergamino de incoherencias y desconexiones petulantes, pretendiendo vender una aberración tal como crítica. No es como debieran ser las cosas, esto no es Sluggish Morss. Además, ante el desorden se aventaja la armonía, aunque tratar de ordenar un disco así es como echar una partida al trompo usando cubos Rubik.

Es más, dudo que Daevid quiera que intentemos darle una estructura casual a esto. ¿Es tan agobiante como los primeros álbumes de Oso el Roto? Ni de lejos. Eso no es algo bueno ni malo, necesariamente. ¿Es mejor que Más amor mazamorra? Un poco más. Consigue ser más inmersivo y afligido, pero también sigue el camino producción sobre blasfemia musical, que quizá entusiastas del underground echen de menos. Con repetidas tiradas se vuelve un tanto adictivo, pero no estamos ante una obra maestra de lo experimental, aunque querer conseguir el estatus cultura pop es antónimo del concepto en sí mismo. No se lo recomiendo a nadie, en especial a los que les gusta la bebida con gas.

7/10.

7

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